jueves, 29 de mayo de 2008

La frustración del Simce

La frustración del Simce

28 de Mayo de 2008

Los resultados del Simce son nuevamente motivo de frustración. Hay en los rendimientos de nuestros estudiantes una estabilidad marcada y preocupante, porque no ocurre en niveles altos de aprendizaje, sino en otros muy modestos: entre 40 y 43 por ciento de nuestros estudiantes, dependiendo de la asignatura, tiene en cuarto básico un nivel inicial. Esto significa, por ejemplo, tener dificultades para entender un texto sencillo, ordenar números de mayor a menor, o reconocer que los seres vivos necesitan aire, agua, alimento y refugio para sobrevivir. En los grupos socioeconómicos bajos, este nivel alcanza a entre 53 y 64 por ciento, según la asignatura. Urge, pues, enmendar el rumbo. Por supuesto, no cabe modificar esto de un año a otro, pero los resultados del Simce de cuarto básico son comparables desde 1996 y no se han observado cambios en estos años.

Se insinúa que otros países enfrentan el mismo fenómeno, pero se olvida que, por una parte, sus niveles de logro son muy superiores y, por otra, que esa observación no es enteramente correcta. En EE.UU., por ejemplo, su National Assessment of Educational Progress (NAEP) muestra en el equivalente a cuarto básico un aumento significativo en aprendizajes entre 1999 y 2004, y ellos han venido acompañados de cierres en la brecha entre blancos, negros e hispanos, entre otros grupos sociodemográficos. Los avances son menos evidentes en grupos de edades superiores, pero, considerado el fenómeno inmigratorio que enfrenta ese país, no se puede hablar de estabilidad, sino de evidente progreso. Por tanto, Chile debe abandonar el discurso de que cuesta mucho avanzar en educación y enfrentar con decisión el desafío.

El conjunto de políticas hasta ahora promovidas no ha rendido los frutos esperados, a pesar de que entre 1996 y 2007 el gasto público en educación en los niveles preescolar, primario y secundario creció desde algo más de 950 mil millones de pesos a más de dos millones de millones (en moneda de abril de 2008). Se deben hacer, pues, transformaciones profundas para que ese esfuerzo financiero rinda mejores frutos. Desde luego, se requiere una nueva institucionalidad estatal, que se constituya en apoyo al logro de una educación de calidad, en vez de ser un obstáculo. El acuerdo de educación contribuye a plasmar una estructura moderna y profesional que es indispensable para lograr dicho objetivo y que, entre otros factores, considera múltiples herramientas para estimular a los establecimientos a mejorar sus resultados.

Por cierto, no es la única transformación requerida. Los resultados del Simce reiteran que, sin docentes comprometidos y preparados, se reducen significativamente las posibilidades de que nuestros estudiantes, sobre todo los de menores recursos, logren aprendizajes avanzados. Sin embargo, el Estatuto Docente no promueve el compromiso necesario, y nuestras facultades de educación no han tenido las capacidades y habilidades para formar bien a nuestros docentes. En este escenario, la profesión no motiva a los buenos profesores actuales a dedicarse con entusiasmo y aleja a muchos jóvenes de ella. Es imprescindible derogar el Estatuto Docente y reemplazarlo por una carrera que entusiasme y premie adecuadamente a los buenos educadores, y que no proteja a los incumplidores. También se requieren modificaciones en financiamiento, en particular en su diseño, y apertura a repensar la educación pública, pero no por la vía de privilegios especiales, sino por la de eliminar los obstáculos que le impiden responder con eficacia a las demandas de las familias chilenas. Estas transformaciones no pueden seguir esperando, pero para abordarlas es preciso poner de verdad a nuestros niños y jóvenes al centro de las preocupaciones educacionales.
Fuente: El Mercurio (miente)

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